Logo Ágora

COLUMNISTAS

Raúl Mendoza Mandujano

Saber Pensar

@Todocorre
Visitas: 4890
Saber pensar.


¿Qué son los sueños?


Existen demasiados conductos, inundando la Web o libros de autoayuda, que fracasan al toparse con el mundo onírico, ese, de los sueños, al ocultarles, con un torrente de supersticiones, la psique de quienes duermen. Su error, la literalidad, el intento o pesquisa de significados unívocos, premonitorios, que involucrarían el mapa del sueño como un tejido universal.  El psicoanálisis rompió con este circulo vicioso. Nacido en la segunda mitad del siglo XIX, cuyo precursor, el grande y temido Sigmund Freud, embelesado por el fenómeno del “soñante”, intentó (los primeros psicoanalistas eran médicos), de una manera científica, o en la medida de lo posible, brindar una explicación sensata de los símbolos y las imágenes oníricas que atemorizaban al neurótico.  El psicoanálisis desgarró la visión de que el hombre tuviera una identidad absoluta, perfecta. Describía a la psique utilizando tres vocablos latinos: id, ego y superego, que más tarde serían interpretados como ello, yo y superyó. El id correspondía a la naturaleza más primitiva y esencial del hombre, donde los instintos básicos circundaban un binomio invencible: el circuito de placer-dolor. Mientras que el superego, era una construcción posterior, venida de la cultura, habitante perpetuo de costumbres y tradiciones producidas a partir del lenguaje. Finalmente, el ego se relacionaba con el mundo de los padres y sus complejos (de Edipo y Electra), encuentro de la parte natural y cultura de la psique. El origen de los trastornos mentales, entonces, subyacía, por el proceso de culturalización. Éste le negaba al sujeto la posibilidad misma de ser, coartando sexualidad, descanso y alimento. Todos ellos englobados en el circuito del placer e interpretados como energías simbólicas presentes en el sueño.

Para Freud, el id o inconsciente era una especie de pozo sin fondo, primitivo, donde abrevaban las energías de la vida, lo más propio del hombre. En él, deseos y conductas reprimidas, cimiento del estado consciente, habían sido desterrados como los Titanes por Zeus, cubiertos no por el rayo, sino por el lenguaje: la regulación de los instintos que la sociedad impone. Esto, producía malestar, el malestar de la cultura, espacio que describió la nerviosidad moderna, un código imposible para la palabra, que en el inconsciente buscaba comunicarse con el yo por medio de los sueños. Así, el paisaje onírico, en el marco del psicoanálisis de Freud, cubría la energía sexual, que englobaba no sólo el horizonte de la reproducción, sino al circuito de placer, todo aquello que produce goce y dolor, el eros y el tánatos. Esta energía poderosa, venida de la naturaleza, intentaba comunicarse, es decir, el id o inconsciente con el ego o consciente de la psique, para indicarle símbolos como la montaña o la sensación de volar: deseos reprimidos que debían llevarse a cabo o sublimarse.

Jung, discípulo de Freud, ofrecería, años más tarde, una interpretación alternativa de los sueños. Para dicho autor, los complejos y las figuras del padre o la madre eran símbolos, advertencias, memoria de la vida inorgánica, impersonal, anterior al nacimiento (hipóstasis). La naturaleza misma era quien yacía en el inconsciente. Las voces oníricas, representadas en el mundo de los sueños, eran adelantamiento, susurros de esa parte primitiva, inconmensurable del ser del homo sapiens. Así nacería la idea de inconsciente colectivo, imágenes simbólicas heredadas desde el pasado remoto de la especie, representado por símbolos que se duplicaron en todos los hombres a pesar de su lejanía geográfica, conjugándose con un inconsciente personal, basado en experiencias subjetivas, donde la significación dependería del individuo y de su poder creativo.

En los dos autores, Freud y Jung, maestro-discípulo, los sueños aparecieron como mensajes del inconsciente o en el caso del segundo, como significados personales que, para su análisis, sería necesaria una profunda introspección, lejana a la literalidad y a la creencia de que existe un sentido uniforme del sueño o que no significa nada. El universo de lo onírico podría ser una advertencia, la insatisfacción, ruptura del principio del placer o la necesidad del hombre, como describiría Jung, para entender en sentido más radical, su origen, ese que se develaba en el arte o cuando Morfeo encamina al soñante, rumbo a un lugar sin lógica, caótico, remembranza del sitio que moraba antes de nacer o al conocimiento primordial, de supervivencia y goce, que le heredaron sus ancestros.


16/08/2018 20:09:46

Compartir

1

2

3

4

5

6

7

8

9

Siguiente

NOTICIAS RECIENTES