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Raúl Mendoza Mandujano

Saber Pensar

@Todocorre
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SABER PENSAR.




¿Qué es el arte?


El primer hombre en comparar las mejillas de una joven a una rosa fue obviamente un poeta, el primero en repetirlo fue posiblemente un idiota.

Salvador Dalí


Preguntar sobre el arte, en la actualidad, no apremia, sobre todo, en el tercer mundo o países en vías de desarrollo (muchos jamás se desarrollarán), donde el mal llamado progreso, convierte a los hombres en eslabones de un gran engranaje: producción en serie, quitándoles espacio y pausa en pos de aumentar el rendimiento de un planeta que ya tiene síntomas de cansancio. El arte no es necesario para el sistema de cosas o para las costumbres en turno. Hace simbiosis en la creación. Como la Filosofía, está en todas partes, surgiendo al romper el qué de una cosa hacia el cómo. De la utilidad al grado de servicio de un ente al ser y su manifestación, puesta en marcha (el tiempo interno de la obra) es la pregunta por el arte. Si la inquisición está nublada por un discurso común, despótico, será incorrecta: el desmembramiento de significados o la ruptura del sentido, perecería. El arte no es una cosa.  Ocurre en la vida anímica o en el nacimiento de un padecer propio subjetivado en lienzo, papel, granito, danza, acordes musicales, tras una cámara. La obra del artista se parece al demiurgo que descansa tras su letargo, antinomia y creación, vuelta a su imagen emancipada.

El arte también es deconstructivo, diferencia. Cada obra destruye la literalidad, el acuerdo común de los signos lingüísticos o imágenes para dotarlos de semántica. Por ejemplo, si observamos El Cristo San Juan de la Cruz o Cristo Vertical de Salvador Dalí, éste viaja más allá de una simple mirada religiosa o de una aliteración general de lo que se ve (el arte se esconde ante los ojos). Hay una tensión entre ese cristo crucificado que surca los aires de un antiguo puerto, la oscuridad que nada distingue y las barcas y objetos marinos que aún se testiguan.  El nubarrón absorberá al Cristo, dejando en el fondo un haz de luz que alimenta la blancura de la cola de nube. Debajo, claridad, presentada como trascendencia, el hombre vuelto místico que se halla entre dos fuerzas arrobadoras: noche y día. Una, terrenal, de procreación, éxtasis y otra, señora de la forma, el orden y equilibrio del ensueño que esconde a las cosas mismas, amasijo del Cristo Vertical, conciencia del mundo y el universo borrándose, donde nada se va ni permanece: desfiguraciones.

 No es sino hasta que Kinsky en la cinta Lo importante es amar, declara que su hermano murió de asco, la evocación mortal de la Danza Macabra, o el sonido musical éxtasis del éxtasis de Los amorosos (los amorosos siempre se están yendo) de Sabines, cuando sabe (sabor) el acto creativo-artístico mismo. Entonces, por un breve instante, se percibirá ese nuevo significado inefable, que volvería a conocer en el mundo, ya extenuado, lo otro abierto, como la opera aperta de Eco, desliz, sentimientos, el ser o su superación que desfigura la naturaleza y sus secretos. Ahí, entre recovecos, habita un ensueño, circundando el origen del pensamiento, del mundo, que, por tarea alquímica, se acerca a la completa otredad: éxtasis energético, el yo engendrando su negación, el arte.

Lo artístico, semejanza de eso que los griegos llamaron fuerza imperante que brota y se manifiesta o la voluntad y poderío en Nietzsche, propugna entre el éxtasis del sujeto y su disolución. El arte, ruina del sentido, asedia todo esfuerzo, atrayendo, gravitatoriamente, el abismo.  Lo abismal representa la antesala de Apolo y Dioniso: energía del espejismo y, del arrobamiento, tierra fértil donde el proceso de individuación se rompe y el artista es capaz de comprender a la naturaleza (vida), sin que tal acontecimiento sea posible transmitirlo, rebasando las categorías del pensamiento (aporía), como el origen del universo. El arte nace de esta elasticidad, de la quimera que, esgrimiendo símbolos, intentaría mostrar en imágenes o poesía aquello testificado en el anonimato del que los seres vivos emanaron: apoteosis.

Lo artístico, concibe interrogantes, pesquisas de nivel ontológico, que tienen eco desde una crítica social profunda que desgaja el modo como se accede al mundo por el acuerdo público, reconstruyendo el sentido, hasta observaciones que detallan significados interminables. Muerte, sueños, amor desfilan bajo el poder de la creación. Pensemos en la película El ángel exterminador de Luis Buñuel. Para un ojo desacostumbrado la trama es simple. Trata de un grupo de personas (clase alta) que después de la ópera, coinciden en una finca lujosa.  Ocurre algo, un ritual, que les impide salir de la casa a pesar de que no haya obstáculo para justificarlo. Gastan sendas horas intentando lo imposible: poner un pie en el vestíbulo. El maleficio se rompe cuando la liturgia se repite: los habitantes se sincronizan entre símbolos absurdos (la mente es uno de ellos), arquetipos, cuya mezcolanza, increíble, encierra a los participantes, que, sin meditarlo, testifican la exteriorización del deseo, lo irracional de la psique, donde, a través del reconocimiento de un laberinto, la casa, aparece una especie de sacerdotisa (Silvia Pinal), heredera del sonido  que despertará en cada uno de los habitantes del entorno (inconsciente colectivo). 

El arte,  exploración vital, descubrimiento, flama que produce revoluciones científicas o el acontecimiento del Quijote, del Guernica, de Pedro Páramo, es lo más próximo al hombre, su cercanía con la naturaleza, a ese primer principio fatal para la razón, cisma que le induce al pensamiento profundo, de corte profético, adivinatorio,  interpretación del ser o la nada, éxtasis, decaimiento del sentido, muerte de la forma, aperitivo, conversaciones infinitas, donde el tiempo se torna eterno presente y los comensales participan de ese aquelarre del tacto, de la vista: autores y actores escuchando al infinito.


10/09/2018 13:10:48

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