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COLUMNISTAS

Raúl Mendoza Mandujano

Saber Pensar

@Todocorre
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SABER PENSAR.



¿Qué es un altar de muertos?

.

Un recuerdo que dejo


¿Con qué he de irme?

¿Nada dejaré en pos de mí sobre la tierra?

¿Cómo ha de actuar mi corazón?

¿Acaso en vano venimos a vivir,

a brotar sobre la tierra?

Dejemos al menos flores

Dejemos al menos cantos

 

Nezahualcóyotl

Altar de muertos, acontecimiento  simbólico,  intermedio, dos culturas haciendo ebullición en el mundo del sacrificio humano, del maíz, pulque y Jesús crucificado, amor entre  lo abrahámico y lo terrenal, del pueblo de Yahvé y de Quetzalcóatl, serpiente emplumada, esa que los judíos tanto rehuían. Mesoamérica siendo conquistada, prevalecería, ante el arrobamiento de un ritual  que, seres barbados, de piel impenetrable,  testificaron: evocación de lo mismo, vida-muerte,  binomio, cebado por fuerzas cósmicas y terrenales, sugerencia para vagar, erráticamente, en esa tierra que el europeo temía, inframundo que permite desde lo inanimado, una semilla, mazorcas de maíz alimentando  haciendas, codicia peninsular.


Culturas precolombinas, terrenales, fraternas con la naturaleza, testigos de  tierra y  manto estelar,  intuyeron una sustancia inmaterial de materia, llamada, por  mexicas, gran imperio profético,  teyolía (parte cósmica del hombre), simbolizada por su corazón,  que prevalecía tras el fin de la corporeidad, diseminándo su latido por el tipo de muerte padecida. Si era en  batalla, viajaba al sol, trocándose ave preciosa. De lo humano,  teyolía, guardaba sólo pasiones, retratándose  en un altar, invocación para comunicar al inframundo, territorio de Mictlantecuhtli, con divinidades cósmicas. Los  niveles del altar se referían a: lo importante era cómo morir, más no vivir.  Perecidos en batalla, irían tras Tonatiuh (sol). Mujeres guerreras y féminas que no sobrevivían al parto, eran hacia el rumbo occidental del universo (Cihuatlampa). Comerciantes que sirvieron a los guerreros vivirían en la casa del sol.  Si morían por condiciones del agua, sarnosos, leproposo, bubosos y gotosos serían presa del Tlalocan, residencia de Tláloc, Dios de lluvia. Otro lugar lo ocupaban quienes no habían sido contaminados por la muerte a pesar de su  fallecimiento: niños que aún no consumían maíz ( cereal pensado como naturaleza muerta).  Seres fenecidos por vejez, enfermedades no relacionadas con el agua, derivaban al Mictlán, donde, pernoctarían cuatro días antes de ir a inframundo, debiendo atravesar ocho escarpadas montañas y ocho desiertos abrasadores, evitar la gran serpiente y enfrentar al viento de obsidiana, para cruzar por misterioso río, ayudados por un xoloitzcuintle ( Xolotl, perro sacrificado junto con el difunto), cuyo objetivo era llegar al norte, origen del pueblo azteca. 


Investiduras del altar de muertos, símbolos de totalidad haciendo irrupción, al final del año,  encaminaban al difunto de regreso a tierra, como la semilla se convierte en árbol y fruto, que morirán para  volver a la tierra, germinando,  gran inicio de muerte-vida. Infusiones, copal e incienso eran sumario de  teyolía, junto con un arco (entrada al Mictlán), papel amate (símbolo del viento), veladoras (emblema del fuego),  semillas (sugerencia de  tierra), flores (belleza), calaveras (lo agridulce de la muerte), comida (muerte produciendo vida), pan de muerto (lágrimas glaceadas de quienes no pueden descansar), objetos personales y bebidas embriagantes (para atraer teyolía): interés por consumar el ciclo vital, eterno retorno, paso de muerte a vida, lo mismo.


Con la llegada católica, caótica, el altar de muertos, irrumpió, procurándose otro sentido,  mudando sus  escaños cósmicos, naturales, en figuras de trascendencia: de dos niveles (representaba la tierra y el cielo),  de tres niveles (significaría cielo, tierra e inframundo o purgatorio), de siente niveles (los pasos para descansar en paz), siendo este último el más común, cuyo significado fue: primer nivel, santo de devoción (guía); segundo nivel, ánimas del purgatorio (permiso para abandonarlo); tercero, purificación del espíritu; cuarto, eucaristía (pan de muerto); quinto, comida favorita del difunto; sexto, foto del difunto; séptimo, expiación de culpas (cruz formada con semillas o cal).


El altar de muertos contemporáneo evocaría, sincretismo, espeluznante resistencia entre un mundo tectónico, regido por fuerzas de  naturaleza que mantenían en equilibrio al universo, llevando a la vida, rumbo a su contrario: huesos y calaveras para hacerla circular, rumbo a sí misma y un pensamiento enemigo de la tierra (al considerarla pecaminosa, pecado original, demoniaca), que buscaba ocultar cuerpos tumefactos, esculpidos por gusanos, a quienes veía como objeciones  de su Dios-vivo, arquetípico, más allá del tiempo y espacio, que, en su eternidad, se vengaría de la naturaleza, llevando a los hombres rumbo al juicio final. La fusión de ambas perspectivas, acarrearía una persistencia, de tradiciones heréticas, devorando el suelo y sueño cristiano, que trocó en santos,  dicotomías, fertilidad y descanso. El altar de muertos sería conquista, del mesoamericano sobre el europeo.


02/11/2018 07:19:35

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