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COLUMNISTAS

Juan Ramón de Caso

CAJÓN DE SASTRE

@jrdkzo
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Cajón de sastre.


Niños y perros sin supervisión (crónica de una mordida anunciada) 2ª. parte

Recuerdo el eslogan de un criadero de perros de la CDMX que decía: “ Un niño sin perro, es un niño incompleto”. En el inconsciente colectivo ha permeado la idea de que todos podemos tener un perro y de que todos los niños deberían tener un perro; tales sofismas han sido robustecidos, contemporáneamente, por la mercadotecnia y las asociaciones que se dedican a rescatar perros.

Lo cierto es que no todos podemos tener perro y algunos no deberíamos haber tenido nunca un perro. El compromiso es mayúsculo y a largo plazo, implica una serie de obligaciones en las que normalmente no se repara.

La mayoría de las personas tenemos una imagen idealizada de la relación niño- perro. Es innegable que, en mucho, la idealización de esta relación se debe al cine de Hollywood y a las series de t.v.; en dichas producciones se nos muestran binomios idílicos, en dónde todo es armónico y perfecto. La comunicación fluye de ida y vuelta.

Amable lector, si me hizo favor de leer la colaboración anterior, recordará que terminé con una pregunta; decía que era, a la vez, una reflexión referida al tema que nos ocupa: ¿Qué sucede cuándo el emisor y el receptor decodifican el mensaje de manera diferente? ¿qué pasa cuando un mensaje se malinterpreta? ¿qué pasa cuando hay malos entendidos?

Efectivamente, los malos entendidos son habituales cuando se trata de relaciones perro-humano, por aquello de la diferencia de especies y la decodificación de los mensajes; las malas interpretaciones se agudizan, cuando niños y perros interactúan, así como cuando no existe la mediación de un adulto juicioso e informado.

Culturalmente educamos a nuestros niños para que amen a los animales, principalmente a aquellos que tienen cerca y que llamamos mascotas; enseñamos a los niños que es bueno que les demuestren su afecto a los perros. Los niños demuestran su afecto, como es lógico, en términos humanos (abrazos, besos, compartir comida y juguetes, etc.) Sin embargo, hay un problema: los lenguajes y los significados no son los mismos para perros y humanos; menos aún entre niños y perros.

Imaginemos una escena, bastante frecuente por cierto: un niño, con la mejor intención, abraza a un perro e intenta besarlo, para demostrarle su afecto; el perro, receptor de tales demostraciones, lo interpreta de otra manera.

En efecto, hay una alta incidencia de niños que son mordidos en el rostro o en la cabeza, por sus propios perros o por perros de familiares, vecinos o conocidos, como consecuencia de una escena como la descrita; los humanos involucrados, no logran descifrar que fue lo que pasó, camino del hospital: “si el niño nada más lo tenía abrazado y le quería dar un besito…”. Los agobiados y confundidos padres de familia tratan de encontrar una explicación satisfactoria ante tan inesperado e inexplicable proceder del canino: pero si… “nunca antes había pasado algo así”, “Jorgito lleva años montándolo de a caballito al Firulais y éste no le hacía nada”, “ sucedió así de pronto, como que lo desconoció…”

Las intentonas de explicación abarcan un amplio abanico de respuestas, van desde lo esotérico y el pensamiento mágico, atravesando por la influencia de los astros, hasta la leyenda y el mito urbano.

Nadie se pone a pensar que, quizá, el incidente se deba al hecho de que a los perros no les gustan tales demostraciones de afecto, en términos humanos o que, cuando menos, no las entienden así.

Pareciera ser que pocas personas son las que saben que a los perros no les gustan los abrazos, por más que algunas sostengan que sí; una cosa es que los toleren y otra es que les agraden. Los abrazos no están dentro del repertorio natural de comportamientos que existen entre los perros. Recordemos que los perros no se dan abrazos, anatómicamente no pueden (carecen de clavículas); lo más parecido que hay a un abrazo entre perros sucede en 2 momentos: durante el ritual de jerarquización por dominancia y durante el apareamiento. No cuesta mucho trabajo imaginar, qué sucederá si un niño abraza a un perro “para demostrarle su afecto” y el perro lo interpreta como: “este pequeño humano me quiere someter” o “este pequeño humano se quiere aparear conmigo”.

Las cosas se complican si el niño fija su mirada en los ojos del perro, como muestra de sinceridad de su amor, acerca su rostro al hocico del perro y pretende besarlo; la lectura del perro podría ser diametralmente opuesta, en razón de que en lenguaje canino la invasión del espacio íntimo y el contacto visual tienen otra connotación, podría tratarse de un desafío rampante.

Los niños, como consecuencia natural de su inmadurez, tienen la voz aguda; además son impulsivos y les cuesta trabajo auto regularse, situaciones todas normales y propias de los hitos del desarrollo infantil. Es normal que un niño corra y grite invitando a sus pares a perseguirlo; un perro ve el mundo de manera distinta. Si algo es pequeño corre y “chilla” se disparan en el perro los mecanismos ancestrales propios de un depredador y puede desembocar en una espectacular secuencia de caza, con acechanza, persecución y derribo de “la presa”.

Podríamos seguir con una larga lista de experiencias y situaciones que dan lugar a “malos entendidos” entre perros y niños, que pueden terminar en un mordisco de advertencia, en una mordida que ocasione una lesión o en alguna desgracia que lamentar. Ambos, los perros y los niños, despliegan comportamientos que les son naturales, innatos y que no les son reprochables, a unos ni a otros, pero si a los adultos; ya por desconocimiento o ignorancia, ya por una total y absoluta falta de responsabilidad.

Una consideración final: padres de familia, educadores y adultos en general tenemos una gran responsabilidad en esta problemática; hemos enseñado a los niños a amar a los perros y a demostrarles su afecto, pero no a respetarlos y, menos aún, a conocerlos con arreglo a su naturaleza. Es una asignatura pendiente.

Amable lector, lo invito a que me regale el favor de su atención en la siguiente entrega en dónde abordaré el tema de la supervisión responsable e informada por parte de los padres de familia. Cuídese mucho y permanezca en casa, ya falta menos.

05/05/2020 

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