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Juan Ramón de Caso

CAJÓN DE SASTRE

@jrdkzo
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Cajón de sastre.



La correa más fuerte.

 

Amable lector ¿tiene usted perro? espero que sí. Nietzsche decía que la vida sin música sería un error; agregaría yo que la vida sin música y sin un perro sería un error. Sin embargo, ahora que lo pienso un poco más, mejor no. Hay personas que nunca debieron tener un perro; no todos tenemos la capacidad de comprometernos con un ser que demanda tiempo, atención, cuidados y gastos.

Regreso a mi cuestionamiento original: ¿tiene usted perro? ¿sí? ¿cómo lo sujeta? ¿cómo le hace para que no huya, para que no salga corriendo? Seguramente usted, propietario de perro, como la mayoría de quienes tienen uno, se vale de una correa o una cadena ¿verdad que sí?

Este es todo un tema. Seguramente usted como yo, ha podido ver por la calle muchas personas que pasean o que son paseadas por su perro por medio de una resistente cadena, de gruesos eslabones.

Llevan enredada la cadena en la mano, probablemente no sepan que al primer jalón, la cadena les castigará y sentirán que casi les tritura los dedos.

Otras personas consideran que, la correa, es un buen pretexto para mostrar el poder económico y adquisitivo de quien la sostiene en el extremo contrario al can. Las hay de diseñador, con incrustaciones de “a devis” o “de a mentis”. Algunas celebridades, aprovechan la ocasión para mostrar sus excentricidades; el cielo es el límite.

En el extremo contrario, no de la correa sino del abanico social, se encuentran quienes sujetan al “chucho” con lo que se pueda: mecates, alambres o lo que sea; recientemente vi a un indigente responsable sujetando a su perrito, en congruencia con su precaria condición, con unas bolsas de supermercado ( de esas que se encuentran en peligro de extinción) convertidas en correa.

Podríamos dedicar muchas líneas más a los estilos, materiales y mil cosas más; sin embargo, me quiero referir a la correa más fuerte de todas, a la más resistente, a la más maravillosa, a la que resiste todas las pruebas, inclusive la del tiempo, la del clima, la que no se rompe frente a las economías quebradas, esa que no se encuentra en ninguna tienda, que no se puede ver en ninguna vitrina, en ningún exhibidor.

Es una correa que nunca pasa de moda, es igual a la que sujetaba a los perros de la prehistoria, a los de antaño, a los del campesino, el cazador; sigue vigente y vigorosa, sujeta por igual a los canes contemporáneos de los pepenadores y de los carretoneros. Esa correa fuerte, duradera y confiable se llama apego.

Desde niño me intrigó cómo era posible que esos perros pudieran andar por la vida sueltos, que no se perdieran, que supieran atravesar calles y avenidas, más de una vez sortear los cruceros y los vehículos, sin apartarse de sus amos.

Esos perros están sujetos a una correa que provoca admiración, que genera envidias. Es una correa invisible. Es una correa que no se puede comprar y que tampoco se puede regalar; ésta extraordinaria y mágica correa solo se puede fabricar por uno mismo; está hecha a base de comunicación, respeto, confianza y liderazgo.

Infinidad de personas acuden a escuelas de adiestramiento canino, contratan a adiestradores para que les enseñen a sus perros a sentarse, echarse, caminar junto, dar la patita y un sinfín de florituras más.

Probablemente se sientan defraudados al descubrir que lo que quieren no se compra con dinero, ni se logra sin invertir tiempo y paciencia. Falta el ingrediente esencial que vincula, se llama apego (para efectos de ésta colaboración utilizaré como conceptos sinónimos vínculo y apego entendiendo que la psicología contemporánea hace distinciones entre ambos conceptos).

La pregunta obligada, ¿cómo se consigue el apego? la respuesta es muy sencilla, pero no es fácil de conseguir: es una mezcla de liderazgo, control de recursos, respeto, disciplina, empatía y sensibilidad.

Siempre que observo a alguien pasear a su perro puedo percibir muchas cosas, sobre todo si están presentes dos aspectos fundamentales: atención y respeto; lo demás es anécdota.

Amable lector, agradezco su tiempo y el favor de su lectura.

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