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Juan Ramón de Caso

CAJÓN DE SASTRE

@jrdkzo
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Cajón de sastre.


La humanización de los animales y la deshumanización de las personas

Quienes generosamente me han hecho favor de leer regularmente ésta columna, saben que estoy en contra de la humanización de los animales, de su antropomorfización. Me parece una práctica abominable, además de que es origen y fundamento de muchos de los problemas conductuales que presentan los animales en general, las mascotas en particular y de manera muy específica los perros; el no permitirles desplegar el repertorio de conductas que les corresponden con arreglo a la naturaleza.

Los animales de conformidad con nuestro sistema jurídico, por disposición de la ley, son reputados como bienes, como cosas y forman parte del patrimonio de las personas y, como tales, gozan de tutela jurídica.

Ya sea por moda, por cambio cultural o de idiosincrasia, las personas actualmente se refieren de manera “humana” respecto de los animales. Les llaman bebés, niños, hijos, etc. y les prodigan toda clase de atenciones y cuidados como si de personas se trataran.

Si el animalito fallece se pueden observar verdaderas muestras de solidaridad con los deudos y de conmiseración con la infortunada criatura; se refieren al mismo de manera por demás respetuosa, ofrecen pésames y condolencias. Desean a los dolientes pronta resignación por haber perdido a un miembro de la “familia”  y recomiendan a los dolientes consultar a un tanatólogo para superar con éxito la pérdida.

Desean a la finada mascota que encuentre el camino de la luz, hacen votos por el eterno descanso del animalito en el cielo de las mascotas, allá al final del arco iris…

Las redes sociales son el escenario propicio para éste tipo de expresiones que, de manera reiterada, se presentan.

Pudiera uno pensar que hasta aquí no hay nada malo, que son signos y síntomas de seres que sienten, que son empáticos con el dolor ajeno. Sin embargo, hay un pero…

Para nadie es ajeno que en los últimos años nuestro país se ha visto ensombrecido por una cantidad importante de muertes, muchas de ellas violentas; destacan los homicidios dolosos y los feminicidios. No me queda claro si a causa de su reiteración las muertes de seres humanos ya no parecen causar impacto, se han vuelto cotidianas, son cosa de todos los días.

Es de llamar la atención la manera en que las personas se refieren a los difuntos; se suele hacer de manera irreverente, irrespetuosa, hasta rayar en la majadería. Pareciera ser que solo merecen respeto nuestros muertos, los seres con los que nos une un vinculo de parentesco o de afecto, los demás no; parecería que no lo merecen.

Los comunicadores ( así les llaman actualmente a los conductores y locutores) no está exentos de éste mal de nuestro tiempo. Con pasmosa ligereza sentencian y condenan sin necesidad de juicio. De manera inhumana dan cuenta de las personas fallecidas como “el encajuelado”, “el encobijado”, “la descuartizada”, “los embolsados”, “los encostalados”, por citar algunos.

Queda claro que al muerto no le afectan, más que a su memoria, su nombre y su honra; quienes lo hacen parecen olvidarse que hay deudos, que hay una madre en algún lugar, que hay hermanos, hijos, viudas, amigos, quienes además de llevar a cuestas el duelo, frecuentemente tienen que soportar suspicacias, dudas ofensivas y comentarios totalmente fuera de lugar.

Parece que nadie se detiene a pensar en ellos. Será acaso que ahora los animales son más humanos y en cuanto tales dignos de consideración y de respeto, en tanto que las personas fallecidas devienen en cosas y en consecuencia no merecen consideración alguna.

Honremos el nombre y la memoria de los muertos; seamos indulgentes y concedamos el beneficio de la duda en su favor. Hoy por ellos, mañana por nuestros muertos y por nosotros mismos.

Amable lector, como siempre agradezco su tiempo y el favor de su lectura.

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